29 diciembre, 2016

EL ACCIDENTE DE MI VIDA

Junio 2016. Romántica contemporánea.

¿Qué ocurre si se mezcla en una misma historia una madre odiosa, una boda, unas amigas locas, un amor de adolescencia, un secreto de familia y una protagonista un poco zorra?
Pues que tienes mi historia.

Mi nombre es Adriana Fanjul y mi vida está llena de pequeños accidentes que han ido marcando mi existencia.

¿Seré capaz de solucionar todos mis problemas y volver a ser la chica que abandonó Lastres, o acabaré huyendo de nuevo para recuperar mi vida?

Pasa y descubre cómo los accidentes de mi vida me han convertido en lo que soy.

Eso sí, pilla una copa, porque hay tragos que es mejor pasarlos con un buen vino.

¡DISFRUTA DE MIS ACCIDENTES!




PRÓLOGO

Lastres
Junio

Sí, soy una zorra. Pero de esas de manual. Bueno, miento. Era una zorra. Hace unos meses no se podía confiar en mí. Mi vida se basaba en conseguir todo lo que quería a base de mentiras, engaños y artimañas. Me dedicaba a utilizar a los hombres a mi antojo para tener todo lo que se me antojaba. 
Sí, lo reconozco. Dicen que es el primer paso para recuperarse. 
Pero ahora me encuentro en un banco en plena noche esperando a que un taxi me lleve de Lastres a Oviedo. El cielo está tan oscuro que creo que el mismísimo señor, o señora, que esté ahí arriba va a comenzar a descargar toda su ira contra mí. 
—Empieza ya si quieres. Total nada peor puede pasarme esta noche. —Levanto los brazos como esperando una respuesta y no hay nada—. Pensaba. Si es que no sé cómo he podido ser tan estúpida.  
Juré no dejarme cambiar y en estos últimos meses me he convertido en lo que era en el instituto. Una chica enamorada en secreto de un tío que solo tenía ojos para otras. He vuelto a ser la chica con gafas de pasta y aparato en los dientes enamorada de Enol. El hermano de mi mejor amiga. El chico que me destrozó con aquella gran sonrisa cuando se despidió de mí antes de irse de viaje de fin de curso. 
—Adriana, eres imbécil. Antes eras una zorra pero este tío te ha convertido en una idiota y has caído en la trampa de pensar que podrías ser feliz sin pagar por tus errores. No te tenías que haber enamorado. Estúpida, estúpida, estúpida. —Me golpeo en la frente varias veces. 
Y como siempre todo ha terminado como mi vida, con un accidente. Parece que me persiguen desde muy joven. Un accidente no me permitió ir al viaje de fin de curso, un accidente me jodió mi vida perfecta en Milán y un accidente me acaba de echar de lo que pensaba que era un nuevo comienzo. Aunque este accidente viene con nombre, apellidos, junto con una bonita sonrisa. 
Os aviso que adentraros en estas páginas no será bueno. Veréis mi vida, toda mi vida y la destriparéis. Me juzgaréis, me odiaréis y en algunos casos me querréis dar dos bofetadas. Esas mismas bofetadas que me he querido dar yo. Creer que mi vida iba a cambiar quedándome en este pueblo, que había encontrado a alguien que no mira con lupa todo lo que hago, alguien que no me ha juzgado ni una sola vez en su vida. Enol, el único hombre del que no me he querido aprovechar. 
¿Os preguntáis qué ha pasado entre nosotros? 
La historia se remonta muchos, muchos años atrás. Enol es el hermano de mi mejor amiga Covadonga, Covi para las amigas. Toda la vida estuvimos juntos. Nuestros padres son muy amigos y disfrutábamos todos los veranos de un mes en Islantilla, Huelva. En un coche iba Covi con Enol y sus padres. En otro coche, si se le podía llamar así al trasto que teníamos nosotros, íbamos mis padres, mis hermanos Roberto y Jaime y yo. Nos pasábamos todos los días hasta tarde hablando y riendo. Pero claro, nosotras éramos las pequeñas y mientras ellos hablaban de cosas de chicos, nosotras nos teníamos que quedar en nuestra habitación. 
Debido a nuestros tres años de diferencia de edad pude ver todas las novias de Enol desde los quince años hasta los dieciocho. Al principio ellas no me gustaban y pensaba que era porque Enol era como mi hermano, como otro hermano. Pero cuando cumplí los quince y él ya estaba en el último curso, me di cuenta. Enol me gustaba, me gustaba mucho pero él solamente me veía como otra hermana pequeña a la que putear de vez en cuando. 
Aquel año Enol se marchaba a estudiar Derecho a Oxford. Era el momento y necesitaba buscar el más adecuado. Y lo encontré. Nos íbamos a marchar a Barcelona de viaje de fin de curso y Enol, Jaime y Roberto se ofrecieron para ir a cuidarnos. Vamos, que lo que querían era pasar aquellos días disfrutando de las chicas de Barcelona. Era mi momento. Sería nuestro momento. Pero como siempre en mi vida, un accidente me truncó el viaje. 
Dos días antes de irnos mi hermano Roberto bromeando me tiró de la bici, con tan mala suerte, que caí por un pequeño barranco de no más de cinco metros. Con aún más mala suerte que me clavé la cadena de la bici en el muslo rasgándomelo. Una bonita cicatriz de diez puntos que lo cruzaba horizontalmente. Mis padres me prohibieron viajar y me tuve que quedar en mi casa, en mi cama, mirando el techo de mi habitación pensando en Enol. Como una penosa psicópata.
La noche antes de irse entró en mi habitación como otras miles de veces pero yo ya le veía de otra manera.
—A ver, pequeña, me dice tu madre que estás muy triste por no ir a Barcelona —su tono de voz fue muy irónico.
—No me vaciles, Enol. 
—Vamos a ver, que no va a pasar nada divertido allí. No son más que quinceañeras que harán fiestas de pijamas y poco más. Además no veas que plan tan aburrido tiene vuestro profesor de arte. —Sabía que yo adoraba el arte y siempre me trataba de molestar con ello.
—A mí me gusta el arte, Enol.
—Es que eres un poco rarita, Adri. Reconócelo. 
Entre risas cándidas de él y, ahora que lo pienso, pensamientos demasiado calenturientos de mi yo de quince años, Enol se quedó a dormir en mi cama. 
Y el viaje se acabó, volvieron, me lo contaron con pelos y señales, me dieron muchísima envidia y la peor noticia que me podía imaginar. Sandra, compañera de clase de Enol y de mis hermanos, también fue al viaje. Y sí, tal y como os imagináis, se enrolló con Enol. Él, que le había confesado a mis hermanos que le encantaba aquella chica, al final lo consiguió. Y aquel verano tuve que verlos paseando por el pueblo, besándose por el pueblo, metiéndose mano por el pueblo y jurándose amor eterno por el pueblo. 
Así que decidí que en cuanto acabase Bachiller me iría de este pueblo y dejaría todo esto atrás. Sí, sé que tan solo era una cría, pero entre Enol y algunos problemas que tuve con mis padres, pues lo que quería era desaparecer lo más lejos posible de aquí. Y por otro accidente he tenido que volver demasiados años después. Y ahora seis meses después, me voy habiendo cambiado más de lo que me gustaría admitir, con el rabo entre las piernas. No puedo volver a pasar por lo mismo. Me niego. 
Así que adiós a la Adriana de estos meses y bienvenida a la Adriana zorra. Volveré a ser como he sido hasta ahora. Al menos así, nadie es capaz de hacerme daño. 
¿Queréis saber lo que me ha pasado estos meses para que quiera ser de nuevo una zorra?
Pasa y conoce mi vida. Descubre cómo los accidentes de mi vida me han convertido en lo que soy. Eso sí, pilla una copa, porque hay tragos que es mejor pasarlos con un buen vino. 


 LA ANTIGUA YO

Estudié Historia del Arte en la Universidad de Oviedo. Dejé atrás las gafas, junto el aparato y se puede decir que al dejar el instituto me convertí en algo así como un pequeño cisne. Vamos, que aprendí a resaltar mis virtudes.
Conocí a gente nueva y por fin me pude alejar de Lastres. Discutía a diario con mi madre porque somos demasiado iguales. Cabezotas, malhabladas y muy zorras cuando queremos. Tal vez eso fue el inicio. No estaba muy lejos de casa pero sí lo suficiente como para olvidarme de todo y empezar a compartir un piso con varias chicas y un chico de la universidad. Mis hermanos habían empezado a trabajar después de terminar sus estudios en el pequeño hotel de la familia, una antigua casona de Lastres, para poder echar una mano a mi padre. 
Él la heredó de mi abuelo pero aquello no era para mí. Yo me merecía algo más que los gritos continuos de mi madre por no ayudar a hacer las camas o a servir los desayunos a las chicas que tenía contratadas. Estuve muchos años haciéndolo para todos aquellos turistas que estaban de paso en el pueblo. Pero yo quería ser como ellos. Viajar por el mundo, encontrar pequeños rincones preciosos en otras ciudades y dejar atrás la decepción. Era una cría pero para mí, el desengaño con Enol, fue el primer y el peor. 
Cuando terminé mis estudios estaba saliendo con un chico. Parecía bueno, parecía normal. Pero mis dos hermanos cada vez que venían a Oviedo trataban de alejarme de él. Incluso Enol un par de veces que vino con ellos me instó a apartarme de él. 
—Peque, no te mereces un tío así. Te va a engañar si no lo está haciendo ya —estábamos en un bar los cuatro a altas horas de la madrugada. 
La música sonaba demasiado alta, el alcohol me estaba desinhibiendo por completo y me acababa de enterar de que Sandra había dejado plantado a Enol en su piso. Le dejó y se dio a la fuga. 
Por los altavoces se escuchaba “En el muelle de San Blas” de Maná y, sin saber muy bien cómo, Enol y yo estábamos bailando en medio de la pista de aquel oscuro bar. 
Ella despidió a su amor, él partió en un barco en el muelle de San Blas. Él juró que volvería y empapada en llanto ella juró que esperaría.
Enol estaba tan guapo como siempre. Su pelo moreno alborotado, con sus preciosos ojos azules que brillaban más que nunca, su barba de tres días perfectamente estudiada y aquella boca. Aquella boca delineada, carnosa y de la que no me olvidaba. Mis hermanos habían desaparecido, probablemente detrás de dos culos bien puestos, y en el bar no había nadie más que nosotros dos. 
—Estás preciosa, peque. —Sus manos jugaban en la parte de atrás de mi cintura. ¿Me mandaba señales o no me las mandaba?
—Eso ya me lo dice mi novio.
—Sabes que no me gusta. Veo cómo te trata, cómo te infravalora. ¿No lo ves? Te mereces algo mucho mejor. —Me agarró de la barbilla acariciándola con uno de sus dedos y me obligó a mirarle.
¿Qué sentí? Que el suelo del bar se iba a abrir haciendo un gran cráter y nos iba a tragar a los dos. Lo que Enol era capaz de producir en mí no lo producía nadie. Ni siquiera mi novio. 
—¿Qué me vas a decir, Enol? ¿Qué me merezco a alguien como tú? No me hagas reír, de verdad. 
—Pues sí. Alguien que te vea como yo. Joder, Adri, que eres preciosa y ese tío sigue engañándote. ¿Cuántas veces te ha dicho que no puedes enseñar esas preciosas piernas o que debes taparte más? —teniendo tan cerca a Enol mi respiración se dificultaba a cada palabra.
—¿Estás tratando de ligar conmigo, Santovenia? —cuando queríamos molestarnos nos llamábamos por los apellidos. 
—No Fanjul. Soy el menos indicado para ligar contigo. Tus hermanos me partirían las piernas. 
—Además has visto cómo me salían las tetas. Es imposible que yo te llegue a gustar nunca. —Me separé de él dándole un pequeño empujón y me fui a la barra a por un chupito. 
—¿Qué demonios te pasa, Adri?
—Pues que me has confirmado que lo que tengo ahora es lo que me merezco. —Me bebí de trago el chupito de vodka—. ¿Quién se va a fijar en un ratón de biblioteca que se queda ensimismada mirando un cuadro durante horas? Sigo siendo la niña del aparato y las gafas. —Le hice un gesto al camarero para que me pusiera otro chupito agitando el vaso en el aire.
—¿Qué problema hay si sigues siendo esa chica? Eras adorable —tras beberme el chupito le miré fijamente alucinando.
—Eso significa que ya no lo soy, Enol. 
—Lo sigues siendo.
Negué con la cabeza y recogí mi bolso. No estaba dispuesta a volver a pensar en Enol de la misma manera y necesitaba alejarme de aquel bar, de él y de mis recuerdos tontos de adolescencia. 
Me encaminé por una de las calles pensando que era idiota. Que sí, seguía siendo la adolescente enamorada de Enol y no quería. No. Me negaba. Me abroché la chaqueta y comencé a escuchar unos pasos tras de mí y aceleré los míos para llegar lo antes posible a mi casa. Pero realmente no sabía muy bien dónde estaba.
—Adri, para por favor —negué con la cabeza al escuchar la voz de Enol y continué con mi camino—. Adriana, por favor.
La mano de Enol me agarró del brazo parándome y dándome la vuelta. Al mirarle sus ojos brillaban más de la cuenta y lo achaqué al alcohol que habíamos ingerido. Su pecho subía y bajaba. Sus ojos recorrían mi cara buscando, no sé, que bajase las defensas y cayese en sus brazos. 
—Voy a hacer algo que sé que es una locura pero cuando te he visto esta noche —con una de sus manos me acercó a él. Podía notar su respiración cerca de mi boca—. Adri, estás preciosa.
Su boca se pegó a la mía y no pude reaccionar. Fueron dos segundos los que estuvo así y mi cuerpo se dejó llevar. Abrí la boca para poder degustar aquellos labios que tanto deseaba. Aquellos labios que tantas noches me habían acompañado y me dejé llevar.
Sin darme cuenta había caminado en dirección contraria a mi piso y me estaba dirigiendo a la zona donde los padres de Enol tenían un apartamento en la ciudad. 
Los metros que nos separaban de su piso fueron eternos. Necesitaba que me recorriese con sus manos, que sus labios besasen cada parte de mi piel y que me hiciese sentir lo que mi novio no era capaz de hacer. 
Llegamos a casa y no hubo ningún tipo de preliminar. Sus manos se deshicieron de mi ropa rápidamente y las mías hicieron lo mismo con la suya. Me quedé con el pequeño conjunto de encaje negro que llevaba y respiró profundamente cuando me vio de aquella manera. 
—Estás preciosa. Nunca dejes que nadie te diga qué hacer o qué llevar. Nunca.
Comenzamos a besarnos de nuevo y me agarró del culo obligando a que me aferrase a su cintura con mis piernas. Todo me parecía uno de esos sueños que tenía por las noches cuando me dormía. No podía ser que después de tantos años estuviésemos a punto de hacer lo que siempre había querido. 
Me dejó suavemente en la cama y sus labios comenzaron a recorrer mis piernas. Me retorcía de placer en la cama, agarrándome a las sábanas con las manos y moviendo las caderas tratando de buscarle. Su teléfono comenzó a sonar e intuí que serían mis hermanos tratando de localizarle. Me miró negando con la cabeza diciéndome que nadie nos iba a joder la noche. Pero el teléfono continuó sonando de una manera tan insistente que Enol acabó buscándolo en su vaquero y descolgando. 
—¿Sí? Hola, Sandra. 
Enol y Sandra no se hablaban desde que ella decidió alejarse de él sin ningún motivo aparente. Roberto me contó que eso le había destrozado  y me extrañó aquella llamada.
—No lo entiendo, Sandra. Desapareciste de un día para otro y —su cara cambió radicalmente y se dibujó en ella un signo de preocupación—. Tranquila, Sandra. No llores. No, no estoy ocupado. Claro que te sigo queriendo, Sandra. —Se dio la vuelta y salió de la habitación para ir al salón.
—Genial, Adri, eres estúpida. Bueno, no. No eres estúpida. Eres rematadamente gilipollas. —Comencé a buscar mi ropa e hice un gurruño con ella en mis manos.
Me sentí idiota y decidí que lo mejor era irme del piso sin decirle nada. Pude ver que seguía enamorado de ella y que yo simplemente iba a ser un pasatiempo con el que divertirse. Pero eso a mí me hubiese destrozado cuando al día siguiente me dijese que no había significado nada. Así que abrí la puerta y eché a correr por las escaleras para salir lo antes posible de allí. 
Supongo que Enol se dio cuenta demasiado tarde porque le escuché gritar mi nombre desde la ventana mientras yo salía del portal con la ropa a medio poner y los zapatos en las manos. 

No quise mirar atrás. No quise darle ninguna opción de engañarme o de que mi cuerpo flaquease ante alguna excusa preparada que pudiese inventarse. Así que hice lo mejor para mí. Hui y me prometí que ningún tío volvería a hacerme sentir así. Decidí que yo sería la que utilizaría a los tíos y así no habría daños para mí. 


Título original: El accidente de mi vida 
Primera edición: Vitoria, junio de 2016
Diseño de portada y contraportada: Marta Lobo

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